Apuntes de una rookie mom

Mamá de varones

Parole, parole

Uno de los recuerdos más entrañables que tengo de los primeros días de vida de Alvarito está formado por los momentos que pasábamos los dos solitos, conociéndonos y reconociéndonos. Recuerdo que nos mirábamos, y tratábamos de impregnar nuestras retinas de ese otro yo.

Una de las cosas que yo hacía era pronunciar una y otra vez su nombre. Hasta el día que nació, la palabra “Álvaro” aludía a  una entidad, un ser, algo por venir. Hasta que de pronto Álvaro era una personita que me miraba con sus dos grandes ojazos y esperaba todo de mí. De pronto ese bichito de luz ya estaba conmigo, me miraba, me pedía que no le falle, y que nunca deje de darle todo mi amor.

También necesitaba resignificar el hecho de que ese pequeño ser tan vulnerable era mi hijo.

Yo decía su nombre en todas sus formas… Álvaro, Alvarito, Alvaritotito, AlVaricoque. De hecho de ahí viene una forma de llamarlo que sólo es para nosotros tres. Coque. Coquito.

A partir de ahí me di cuenta de la potencia que tenía mi voz para él. Comencé a hablarle. Mucho. Todo el día. Todo el tiempo. Le hablo como un nene grande, le explico cosas que por supuesto no entiende, le cuento todo. Le leo, en español, en inglés, en francés. Le canto… Cada vez que se da cuenta de que estoy por comenzar con ésa, SU canción, aunque ya esté a punto de dormirse la sonrisa más preciosa se dibuja en su carita.

Algún día me va a poder devolver con palabras mis palabras. No desespero, porque sé que ahí están, esperando tomar forma.

Y ahora resulta que el pediatra lo pasó por una tabla estadística y calculó que por estos días ya tendría que decir 3 palabras: mamá, agua y caca.

Mi formación es eminentemente cuantitativa, pero sinceramente me pareció extraordinariamente ridículo tamizar el desarrollo de mi niño en una distribución normal y pretender que se acerque a la media. También advertí, con todo lo que eso implica, que de eso se trata la cosa en general: veamos qué tan cerca o lejos estás de la media.

No me preocupa en absoluto el grado de desarrollo y maduración de mi hijo. Lo veo bárbaro. Está donde tiene que estar y hace las cosas que tiene que hacer. Pero confieso que me sentí tentada a ver qué tal eran sus compañeritos del kinder: ¡y están todos en la misma!

De pronto me indigné, me sentí culpable, y juré íntimamente nunca más volver a comparar a mi hijo con los demás.

En su desesperación por comprender (entender, alcanzar, penetrar), noto que en muchos rubros la Pediatría sólo ha logrado aprehender (coger, asir, prender).

Personalmente, me quedo como enseñanza con el hecho de que mi hijo expresa su personalidad en todo su esplendor, utilizando miles de recursos. Que justo no sean los que indican los libros de Pediatría será un problema de los pediatras.

images

 

8 comentarios »

A %d blogueros les gusta esto: