Apuntes de una rookie mom

Mamá de varones

Te vi

2013-08-24 17.55.43Este año creciste mucho. Crecimos mucho. Sos un señorito de 4 años. Este año, cuando te saqué la mirada, te vi.

Te vi con las cosas que te gustan. Te vi con las que no te gustan. Te vi destacarte en las cosas que te importan. Te vi progresar sin presiones, a tu ritmo. Te vi observar tu entorno, estudiar el contexto, sacar tus propias conclusiones. Te vi impidiendo que te impongan cosas. Te vi exigiendo que te respeten. Te vi soltándote, ganando confianza en vos mismo, disfrutando de las cosas que te gustan, aprendiendo a hacerlas cada día mejor.

Gracias a vos pude entender que tu vida no se trata de mí. Que tus logros no son míos. Gracias a vos ya no soy esa mamá egocéntrica y narcisista, o al menos no quiero serlo. Me mostrás cómo ser una mejor mamá cada día.

Te vi. Ahí estás vos, con tus números, con tus letras, con tus dados de colores en la clase de alemán, con tus chocolates para la clase de natación, con los días de la semana, los meses del año, las horas del día, la agenda semanal… Ahí estás vos marcándonos el ritmo a todos, mostrándonos que tus cosas las vas a hacer a tu manera. Cuando quieras. Como quieras… Si querés, y sólo si querés. Negociando, prometiendo, y exigiendo.

El día que tu maestra nos dijo que no te gusta sobresalir porque no necesitás la aprobación externa, ya que tenés una sólida confianza en vos mismo, me emocioné. Algo estaré haciendo bien, me dije para mis adentros en un clásico arranque de narcisismo. Pero ahora me doy cuenta: eso también es tuyo. Eso también se trata de vos. Algo vos estás haciendo bien porque entendiste todo.

Una vez más aprendo de vos; así que hijo mío, que los cumplas feliz. Que conserves esa firmeza de carácter que tan difícil me resulta a veces. Que te sigan apasionando los autos, las témperas, las masas, los camiones, los tractores, los rompecabezas, las letras, los números, los pijamas, los peluches, los libros, los videos de youtubers, los fideos y dormir con mamá.

 

 

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Sé pequeño

imagesEl sábado en la clase de natación de Gerva empezó una beba de 9 meses. Cuando la vi con la mamá en el vestuario un poco me daba cosa, porque la chica le decía cosas como “ahora no te pondrás a llorar, no?”. Son las típicas cosas que me hacen mucho daño, así que preferí mirar para otro lado, pero cuando salí al natatorio entendí todo. Esos papás se habían traído toda una comitiva de parientes encabezada por dos videofilmadoras.

“Easy, tiger”, pensaba yo. Pero bueno, será que Alvarito tan bien supo llamarme al orden las veces que quise exhibirlo como trofeo, que reconozco a la legua el narcicismo materno.

Tan mala suerte tuvieron que la pobre chiquita no quiso saber nada con el agua, y lloraba desesperadamente para salir. Ni hablar del escándalo que armaba cuando de prepo le metían la cabeza abajo del agua. Muchas veces.

Me partió el corazón escuchar lo que le decían, pobre gordita: “Shhhh, cómo vas a llorar así…” o “Mirá cómo nadan todos los demás nenes” o “Che, tranquilizate, no es tan grave”.  Laura Gutman los hubiera mandado a matar sin piedad. Para colmo, aún con el encule y la angustia que tenía esa criatura, con el corazón roto por tanto sufrimiento, lo mismo la hacían posar para las cámaras.

Cuando terminó la clase, madre e hija se fueron ofuscadas al vestuario, y para colmo la mamá no tuvo mejor idea que “depositarla” en una especie de corralito que había en el vestuario. Así, todavía mojada, para poder cambiarse ella.

Al rato me di cuenta que tenía una crisis de angustia. Tuve que hacer ejercicios y tratar de salir adelante lo mejor posible porque lo tenía a G empapado y nos teníamos que ir a buscar a Alvarito al club.

Retaste a tu beba de 9 meses. Por no querer meterse al agua. En su primera vez. En un ambiente intimidante. No le ofreciste contención y consuelo. La dejaste sola.

No entiendo nada. Hoy sigo angustiada. Tengo ganas de sacar a mis nenes de todas las actividades y nunca más pretender que hagan ninguna de todas las cosas que forman parte de su abultada agenda.

Tengo ganas de salir corriendo a pedirles perdón.

 

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Espejito, espejito

310px-Echo_and_NarcissusEl otro día en una conversación dije algo casualmente sin haberlo pensado demasiado. Mi generación de padres es una generación bisagra. Nuestros padres no negociaban con nosotros. Imponían lo que ellos creían que era mejor para nosotros. De forma más o menos autoritaria, la generación de nuestros padres no se esforzaba tanto en explicarnos el porqué de las decisiones que tomaban sobre nuestras vidas.

En cambio nosotros, al menos Marian y yo, estamos todo el tiempo negociando, explicando, convenciendo… Es un esfuerzo grande, que a veces hasta es desgastante, pero realmente creo que es lo mejor. Tengo mucha fe en el criterio que puedan desarrollar mis hijos.

Por supuesto que no siempre esto es en paz y armonía. De hecho desde que Alvarito tiene mayor autonomía e independencia, y con el carácter firme que tiene, la realidad es que hay días que la cosa se pone compleja.

Hay varios principios que tengo asumidos férreamente y no me corro de ellos por ningún motivo. Uno es éste que cuento: jamás impongo decisiones. Consensúo (o intento), pero nunca obligo a mis hijos a nada. Otro es (intentar) empatizar con ellos. Entender lo que sienten. Lo que les pasa. “Entiendo lo que te pasa, pero realmente es importante que…”. “Comprendo que pueda no gustarte, pero deberías al menos probar…”.

Somos seres humanos, desde ya. No estamos todo el día con el chip conectado. Se nos escapa. A veces sin darnos cuenta hacemos o decimos barbaridades. Pero me comprometo en esfuerzos gigantescos para que en lo posible me pase cada vez menos.

Hace un tiempo en un cumple de un amiguito Alvarito realmente quería algo que él estaba usando, y otro nene lo quería también. Hubo una escena compleja en la que mi nene realmente se puso inflexible y debo confesar que me sentí mal. Pero en el momento no es que me sentía mal por él. Debo reconocer que me afectaba la mirada del otro. Estábamos en una escena que no me gustaba por lo que mi hijo estaba haciendo, y no pude en el momento registrar lo que él necesitaba en ese momento. Me culpé mucho al respecto los días siguientes. Hice mucha introspección.

Estos días casualmente llegó a mí este post que me encantó. Habla sobre el daño que el narcisismo de los padres puede causar en sus hijos. Realmente recomiendo la lectura detenida porque, al menos a mí, me sirivió mucho para reflexionar sobre estas cosas. Se llama “The legacy of a narcissistic parent”.

Muchas de las ideas fuerza que trabaja el post me marcaron. Una es esta de invisibilizar al niño por no registrar sus preferencias sino las propias. Cuántas veces queremos que se destaquen en deportes, que toquen instrumentos, que aprendan a contar precozmente, que escriban su nombre… Cuántas de nuestras inseguridades y complejos les pasamos a ellos para no hacernos cargo en nosotros mismos.

Cuántas de las veces en que los retamos en público es porque nos sentimos incómodos en la escena y no registramos lo que a ellos les pueda estar pasando.

Dice algo que me impresiona: el enojo se va. Siento que ya no voy a necesitar retar a mi niño. Porque el enojo es una reacción mía. Puedo pensar en qué señal me está queriendo enviar en ese momento con ese recurso en particular del que echó mano.

Quería compartir estas reflexiones porque dice algo realmente esperanzador: que el camino es amar a nuestros hijos por ellos, por lo que ellos son. Por su verdadero ser individual. Que darles aquello que a mí me pueda haber faltado no sólo puede hacerles bien a ellos, puede ayudarme a sanar.

 

 

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