Apuntes de una rookie mom

Mamá de varones

Back to school

Hoy fue el primer día de clases. Ya les había contado que, como todavía estoy en recuperación, podía darme el lujo de acompañarlo y quedarme con él los 40 minutos que duraba este primer día.

En rigor va a la misma salita que el año pasado, con la misma Miss Luli, así que pensábamos que iba a desenvolverse rápidamente.

Pero ahí fue donde cometí mi error. Había otras mamás que se quisieron quedar adentro de la salita, así que me daba cosa que el pobre chiquito se encontrara solo. Honestamente resultó un pésimo plan. Pobrecito, entre que estaba sensible porque estuve toda la semana con él, y que el entorno estaba lleno de monitos colgados de sus mamás, Alvarito sufrió horrores y casi no paró de llorar. Cuando logré que se relajara ya era hora de irse.

El programa hubiera sido super bueno: como llegamos tempranito nos fuimos a desayunar juntos (¡le encantan las medialunas!) y luego entramos tranqui. Pero adentro nos fue mal.

Mañana voy a hacer lo que debí haber hecho hoy: lo dejo en la puerta de entrada y me voy. Aunque se queden las demás mamás.

Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.

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No es lo mismo

Estuve ausente sin aviso: me operaron de urgencia. Apendicitis. ¡Qué poco chic! No tenía idea de que seguía existiendo tal cosa. De todos modos cuando se confirmó el diagnóstico suspiré aliviada: la médica de urgencias se la había jugado a vesícula. ¿Se imaginan qué patético? Da un poco enfermedad de viejo carcamán, ¿no?

Soy un poco irrespetuosa de mi cuerpo, pero esta vez no me imaginaba qué pude haber hecho mal. El cirujano me confirmó que nada. Al que le toca, le toca.

Los días que estuve internada me angustiaba mucho que mi niño se despertara y que yo no estuviera en casa. La primera vez que vino a visitarme, ya operada, se puso a llorar apenas me vio. Imagínense la angustia que debe haber acumulado sin entender lo que estaba pasando.

Yo pedí expresamente que se lo explicaran, pero es muy chiquito todavía.

Cuando quería venir a upa mío, como podíamos lo subíamos a la cama y lo acomodábamos de forma tal que perjudicara lo menos posible las heridas de la cirugía… Pequeñas porque fue por laparoscopía, pero no hay que subestimar el poder de un bisturí.

En ningún momento me asustó demasiado el regreso a casa. Soy muy cruda para enfrentar lo que se venga y me repongo velozmente. Está en mi naturaleza. Alvarito nació por cesárea y eso es 10 veces peor que lo que me tocó ahora, así que estaba convencida de que me esperaba una semanita de recuperación tipo vacaciones. Y, sin embargo, yo creo que alguna sustancia química se debe liberar cuando tenés que reponerte de una cesárea, porque me había costado bastante menos.

Estoy espléndida, pero el cuerpo no está “tan contento” como cuando nació Alvarito. Es como que acusa más el impacto.

Es horrible el nudo que siento en el centro del corazón cuando me pide upa y le tengo que decir que no. A decir verdad, me da tanta pena que más de media vez lo alzo igual.

Y como se supone que no hay mal que por bien no venga, el jueves Alvarito comienza las clases y no voy a tener que disfrazarme de holograma. Me causa mucha alegría poder acompañarlo sin prisa ni estresada por el horario.

Y bueno, es lo que hay. El chiquito ahora está feliz de pasar más tiempo conmigo, así que a lo mejor me lo merezco. Será una forma cósmica de generarle un espacio a él.

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Y que me parta un rayo…

Gracias a Dios tengo buena salud. Salvo un episodio gravísimo de riñón hace algunos años (ya superado), se puede decir que mi cuerpo se la re banca, a pesar de haberlo sometido a castigos inmerecidos en mis años mozos.

Es por eso que en mi casa un día mío en cama es todo un acontecimiento, y nunca había habido uno desde el nacimiento de Alvarito. Hasta ahora.

Me intoxiqué. Malamente. Rara vez como carne, y mucho menos si no se parece a las suelas de mis zapatos. Pero este día terminábamos cansados un día de evento en la boutique, así que a pesar de haber visto una porción que lloraba demasiada sangre no chillé. Lo mal que hice. Lo pasé tan, pero tan mal que, tirada en la cama, de veras me costaba imaginarme que en algún momento iba a volver a sentirme bien.

El punto es que haberme pasado en cama un sábado entero de sol radiante, además de para reponerme me sirvió para algunas reflexiones que quiero compartir.

La primera, es sobre lo afortunada que soy. Los hombres de la casa estuvieron tan bien sin mí, tan poco necesitaron mi asistencia, que no hicieron más que disfrutar juntos el día, viniendo cada tanto a hacerme unos mimos y a compartir conmigo. Ellos son criaturas luminosas, me dije para mis adentros, parafraseando a Paul Auster.

La segunda es sobre la suerte que tenemos de poder tener asistencia en el hogar. Esto es más obvio, así que no me explayaré al respecto.

La tercera es más profunda. Sumo la primera más la segunda, y me dan muchas ganas de rendir un sentido homenaje a todas las mamás del mundo que, por las razones que sean, “en serio” no pueden darse el lujo de enfermarse ni un sólo día.

La próxima vez que me salga una actitud tilinga voy a volver a pensar en este día. Amén.

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