Apuntes de una rookie mom

Mamá de varones

Las mujeres y los niños primero (en ese orden)

Estas últimas semanas ando a mil. Estoy con mucho, muchísimo trabajo, y un ritmo tan intenso que termino muerta. No me quejo; al contrario, me encanta. Pero realmente llega el fin del día y no puedo más.

Esta semana, además, comenzamos la obra (¡al fin!). Así que la casa está hecha un caos y me veo en la necesidad de generar más actividades que de costumbre para Alvarito, que se quedó temporariamente sin sus espacios.

Y encima los jueves en mi agenda son particularmente espesos, terminando el día a las 10 PM.

Tal es el cansancio que arrastro, que ayer me encontré diciendo (no sin culpa, claro) que «estoy tan rota, que por suerte ahora cuando llego a casa Alvarito ya está durmiendo».

Acá es muy gráfica la parábola de las máscaras de oxígeno: en los viajes en avión, el protocolo ante emergencias indica que los adultos que están al cuidado de un menor deben primero colocarse sus propias máscaras para luego ponérsela al niño.

Si no me cuido a mí misma, no puedo cuidar de otros apropiadamente, era la moraleja. Pero de todos modos, me invadió la culpa cuando llegué a casa 10:30 PM y mi niño dormía como un angelito.

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Esa madera necesita un corazón

Mi infancia fue feliz. Muy feliz, por cierto.

En cambio mi adolescencia fue pésima. Horrible. Lo pasé muy mal, me enfermé de  algo muy feo, y me costó mucho salir. Amé todos los lugares en los que estuve, pero algunos me hacían daño, otros eran nocivos, y otros me hacían bien pero entonces no me daba cuenta.

Con el tiempo me fui (huí) de casi todos.

Los veintipico no fueron mejores ni más fáciles. Estuvieron marcados por una profunda desesperación por superar mi enfermedad (y mi adolescencia en general) más el enorme esfuerzo que me demandó llegar a donde quería llegar.

Me recibí, me casé, me divorcié, me ascendieron varias veces, formé nueva pareja y cumplí los 30.

Adoro a los amigos que me quedaron de cada una de esas etapas, y no tengo ningún rencor contra los que, por las razones que sean, fueron quedando en el camino. Lo que mejor aprendí es que hay lugares en los que yo no tengo que estar.

Y ese hoy es mi lema. Los treintipico me encuentran en un lugar que yo construí ladrillo por ladrillo, y tengo la vida que quiero. Finalmente me amo, amo lo que soy y lo que podría ser. Y sé muy bien lo que no quiero ser.

A los 33 me volví a casar, a los 36 fui mamá por primera vez, y los 38 me van a encontrar panzonísima cerca del nacimiento de mi segundo hijo.

Pero algo odio de mí: me juré que nunca más me iba a hundir en una crisis. Que nunca más me iba a permitir sufrir. Que nunca más me iba a mostrar vulnerable ni débil.

Hasta que el día en que fui mamá se suponía que debería atravesar una etapa llamada puerperio. Al tacho mi super yo, mi estrategia de supervivencia y chau a los lugares que me daban cobijo.

Olvidate, me dije a mí misma. Ni se te ocurra. Adelante con tus obligaciones, a cubrir el descubierto en el banco, a presentarte en la audiencia que estaba programada, a ocuparte de tu casa, de tu cuerpo, de tu imagen y de tu decoro personal.

Así que no viví mi puerperio: lo atravesé.

No sé qué puerperio voy a tener con este chiquito, pero sí sé que puedo vivirlo. Si pudiera pedir un deseo, quisiera aprender a registrar mis sentimientos sin hacerme pelota. Sin reventarme contra la pared, pero sin mentirme ni disfrazar mis emociones. Levantar la coraza por un rato y por un par de meses ser un poco más humana.

Y no morir en el intento, claro.

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Enojada

Porque sí. ¿Por qué no?

Me toca. A veces me toca. Según la época, más seguido de lo que quisiera, y por estos días estoy en eso.

Por las hormonas, por las esperas en las salas de espera. Porque tengo la casa desmantelada por una remodelación que nunca comienza. Porque pronto estaré llegando a la mitad del embarazo y tengo miles de cosas pendientes sin resolver.

Porque mi agenda me pesa, porque no puedo con todo. Porque sigo tratando, como siempre, de ser la mejor en todo, y dejo el cuerpo.

Porque mi hijo me necesita, porque está increíble, maravilloso, y no me da el físico. Odio decirle que no puedo, así que sí, puedo. Tengo que poder.

Porque estoy en stand by. El embarazo es un gran, enorme, stand by en la vida de la mujer. Sigo insistiendo en cuánto me enoja cuando alguna me dice que «disfrute del embarazo porque es el mejor estado». Bullshit.

Porque empezó el invierno y no tengo encaminado nada de lo que se suponía que a esta altura estaría terminado.

Porque me pesan los 4 kgs en 4 meses.

Enojada. Corranse porque muerdo.

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