Apuntes de una rookie mom

Mamá de varones

En el nombre del padre

Esta mañana temprano leí este post de @angulita y automáticamente le envié el link por mail a @drmorgante.

Nunca habíamos hablado de paternidad con el Doc antes de que nazca Alvarito. Yo no tenía una idea preconcebida de lo que esperaba o no esperaba de él. Tampoco había meditado mucho sobre qué tipo de mamá iba a ser yo, a decir verdad.

Deliberadamente decidí no leer a ninguno de los supuestos gurúes que anda circulando por ahí, porque quería recorrer mi propio camino. Sí me fui armando de recursos sobre la marcha, pero siempre googleando términos de búsqueda muy específicos como “lactancia y trabajo” o ese tipo de cosas. Por ninguna razón en particular, simplemente por elección.

Y no es que hasta ese entonces hayamos estado cargándonos de expectativas sobre mater – paternidad, porque ya conté alguna vez que a mi supuesta infertilidad se sumaba nuestros no-deseos de ser padres, hasta el preciso día en que nos decidimos a buscar.

Quiero decir que el rol nos llegó. Sin que nos hayamos cargado (ni recargado) de grandes esperanzas.

Pero desde el mismísimo momento en que estábamos los tres en nuestra habitación del sanatorio me planteo y replanteo permanentemente si estoy conforme con mi rol de mamá, y con el rol de papá de Marian.

Y lo que más presente tengo es que no fui yo quien cambió el primer pañal (ni el segundo ni el décimo, a decir verdad), no era yo quien lo iba a buscar de noche a su cuarto cuando había que despertarlo porque le tocaba teta, ni soy yo (ni siquiera hoy) quien lo baña todas las noches antes de irse a dormir.

No estaba planeado, pero así se fueron dando las cosas. Probablemente el Doc sí lo tuviera planeado premeditadamente (podríamos preguntarle), pero a mí la imagen del cambio del primer pañal me tomó por sorpresa y a partir de ahí comencé a dejar que los espacios se fueran creando.

Debo confesar, obviamente, que estos roles me dieron la pauta de que yo no soy una mamá, sino que en realidad somos un equipo de mamá y papá. Lo dije varias veces: Marian no me ayuda a mí. Yo no tengo que pedirle nada a él. Ellos existen y se relacionan aunque yo no estuviera. No tengo que preocuparme porque si salen solos el niño va a estar mal vestido, o no va a comer bien, o no va a estar bien cuidado. El ejercicio más complejo que tengo que hacer conmigo misma es reconocer que su vínculo es de ellos y no tienen que explicarme nada.

Esta mañana íbamos los tres al jardín y en un momento Marian me dijo que “el otro día fuimos a esa plaza”. ¡¿Cuándo?!, fue mi pregunta, e inmediatamente me mordí la lengua porque había notado una reacción desproporcionada de mi parte. Resulta que los señores salen solos incluso sin que yo me entere…

Está bueno que sigamos analizando el rol materno en los tiempos que corren, pero también estaría bueno que nos replanteemos qué hacemos, y qué más podemos hacer, para que pueda tener lugar un nuevo modelo de masculinidad que pueda estar asociado a la paternidad no necesariamente desde el rol de cazador – proveedor. Jamás se me ocurriría decir que “Marian es un genio porque me re ayuda”, porque parecería que estoy reconociendo o convalidando que tiene la opción de no ocuparse de su hijo.

Hoy sí sé lo que espero de él… nada más ni nada menos que esto: que sea lo que es. No por mí. Por ellos tres.

2013-05-25 17.19.04

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Derecho a elegir

Hace algunas semanas fue la “Semana del parto respetado”, por lo que hubo un montón de información al respecto.

Personalmente, no tengo una postura muy radicalizada en relación con el tema del parto. Siempre prefiero el parto natural, entiendo que es en la mayoría de los casos la mejor opción para mi forma de ver las cosas, pero también soy absolutamente consciente de que no siempre se puede.

Tengo una fe ciega en mi obstetra y todo su equipo, y además sé en particular que ellos mismos son partidarios del parto natural aún en casos de complejidad. Pero en mi primer embarazo, por la forma en que se dieron las cosas, no fue posible. Había roto bolsa y el niño se había desencajado del canal, así que de forma poco riesgosa no había nada por hacer. El camino más adecuado era la cesárea y así fue. No me sentí menos madre, ni sentí una especial frustración, a pesar de que me había preparado para el parto normal.

En este embarazo el parto natural sigue siendo la primera opción, pero tampoco me niego a que si el equipo de profesionales que me atiende considera más viable la opción quirúrgica así será.

Creo en el progreso de las ciencias médicas, no le cierro la puerta al siglo XXI, y no me resisto a la institucionalización de la vida en sociedad. Si mis antepasadas no iban al sanatorio, parían de pie, o en sus casas, o etc., en mi opinión la medicina bien ejercida nos permite minimizar ciertos riesgos que redujeron las tasas de mortalidad de aquellas épocas.

Es mi opinión, basada en mi propia experiencia personal, no juzgo a nadie, y nadie debería juzgarme.

Con la lactancia me pasa algo parecido: tengo una idea muy clara de cuál es, para mí y para mis hijos, el mejor modelo alimentario: lactancia materna exclusiva hasta los 6 meses y luego lactancia materna prolongada lo máximo posible, que en el caso de Alvarito se extendió hasta el año. Tengo profundamente estudiados los beneficios, y además con Alvarito los pude comprobar.

Respeto a quienes por las razones que sean basan la alimentación de sus hijos en opciones diferentes. Tampoco me gusta opinar sobre las elecciones en este campo, y odio cuando opinan sobre mí. Hemos tenido que soportar cuestionamientos varios del entorno sobre este tema, y gracias a este tema desarrollé la estrategia que mejores resultados me da en temas de maternidad: ante cualquier crítica, saco la mejor cara de naba que tengo (que es la que mejor me sale) y digo “Ah, mirá, no sabía” (lo recomiendo altamente, señoras mamás).

Después llega la polémica por el tema del colecho. Que sí, que no, que se malcrían, que se hacen mañosos, que desarrollan mejor la confianza y seguridad en sí mismos, que los volvés dependientes, que nos los sacás nunca más. Cada niño es único, cada familia es única, y por lo tanto no hay ninguna opinión que sea válida universalmente. Yo estaba 100% en contra, pero luego en determinadas situaciones descubrí lo bien que le hacía a mi bebé sentirse contenido y protegido por los brazos de mamá. Fueron momentos puntuales, y nada impidió que mi niño siguiera durmiendo toda la noche en su propia cama por regla general.

Otro tema: que si mamá trabaja, si se queda en casa, si se va todo el día, si está con el bebé 7×24. Si encima es mona, elegante y arreglada, o si se dejó estar y tiene miles de kilos de más. En fin, estamos las malas madres desapegadas y egoístas enfrentadas con las amas de casa con ruleros que no hacen nada y encima se quejan.

Lo que quiero decir con esto es bien claro: cierto tipo de decisiones, es decir las que no afectan temas de salud pública, deben ser tomadas puertas adentro en cada hogar y ni siquiera los pediatras deberían tener la opinión definitiva o concluyente. Cada familia sabe lo que considera mejor, y cada mamá sabe qué tipo de mamá quiere o puede ser (¡y qué tipo de mujer!).

Opinar sobre las elecciones, decisiones y posibilidades ajenas me parece de una mala leche tremenda. No digo que no lo hagamos, porque no lo podemos evitar aunque vivamos diciendo que aprendimos la lección desde que nos convertimos en mamás.

Pero tratemos de tener presente todo el tiempo la bronca que sentimos cuando otros/as nos critican, así no hacemos lo mismo a la primera oportunidad que tengamos.

Visto y oído: “Si los que me critican supieran lo que yo realmente pienso de ellos, me criticarían mucho más”.

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Sólo sé que no sé nada

El otro día en la clase de gimnasia, una chica en semana 36, visiblemente angustiada, comentó: “la verdad, estoy super arrepentida de la cantidad de errores que cometí”.

Se trata de su primer embarazo. Claramente necesitaba unas palabras reparadoras, pero no me salió ninguna que no sonara soberbia o “superiorizante”, así que me llamé a silencio. Dijo que en cuanto viera a su ¿prima, amiga, vecina? pensaba armarle la lista con todas las cosas que hizo mal, para que no le pasara lo mismo.

Yo hubiera querido decirle que, en mi opinión, nunca se aprende a estar embarazada, a ser mamá (o papá), y que finalmente esos “errores” son lo que forman parte de eso que se llama camino de la vida.

Que todos los supuestos gurúes, caseros, improvisados o profesionales, no son más que personas con muy alta autoestima (demasiado) y un tremendo complejo de superioridad.

Que cada embarazo es único. Que cada vida es única.

Cuando hace algunas semanas el Evatest dio positivo, ahí, enseguida, cuando fui a guardarlo junto al de Álvaro, me di cuenta de algo: el juego de las diferencias acababa de empezar.

Ambos tests eran diferentes: la misma marca tenía una versión más moderna, con tapita y sin tacho. Más “guardable”.

Las primeras semanas me confortaba sentir que el tránsito del embarazo no era algo nuevo para mí, que ya había hecho ese camino, por lo que iba a poder sentirme más segura y confiada. Siempre me resultó incómoda la sensación de “novatez”. De hecho, de ahí viene lo de “rookie”. Así que esta falsa confianza me dio paz por unos días.

Pero no. Pronto descubrí la gran mentira que me había vendido a mí misma.

No sé nada de embarazos, partos y lactancia. No sé nada de bebés recién nacidos, puerperios, recuperaciones ni cuidados del neonato. Nunca estuve embarazada de este bebé, así que todo es nuevo.

Lo único que intento aprender desde enero de 2011 es cómo ser la mejor mamá posible para Alvarito.

Cuando al 6to mes de embarazo comencé el curso de preparto, no me imaginé que nunca iba a recibir un diploma. Todo lo que había aprendido en ese momento, sólo me sirvió en ese momento.

Sólo recuerdo que había podido incorporar un gran caudal de información, que de hecho el día D nos resultó muy útil para mantener una increíble calma y jamás perder la compostura. Pero toda esa info se fue, no está más.

Y esta es la primera vez que transito este embarazo, así que tendré que intentar por todos los medios ser la mejor mamá posible para este nuevo integrante de la familia.

Se hace camino al andar.

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