Apuntes de una rookie mom

Mamá de varones

Partida doble

 

Hace muchos, muchos años, casi 38 para mayor precisión, un 19 de octubre, que era domingo, y por lo tanto era Día de la Madre, tuve la genial idea de nacer.

Siempre sospeché lo incómodo e inoportuno que debe haber sido para mi mamá semejante evento, y a decir verdad siempre sospeché que algún día a mí misma me iba a generar molestias la superposición.

Y sí, qué quieren que les diga. Desde que soy novia, pareja, esposa de alguien me molesta cuando mi cumpleaños se superpone con el Día de la Madre y sus alrededores, porque todos (incluida yo) tenemos que estar haciendo malabares para conformar a todo el mundo y no lastimar a nadie (madres, suegras, hermanas) a lo que hace 2 años me sumé yo.

Es chino.

Y este año también estoy rezando para que a mi segundogénito no se le ocurra la brillante idea de nacer mañana, ni pasado mañana ni la semana que viene. Por las dudas.

Así que no voy a mirar ni las fases de la luna, ni el gestograma, ni el calendario ni nada. Yo me voy. Me escapo el fin de semana. Pongo pausa y me las pico estos dos días. Agarro a todos mis hombres y me voy con mi música a otra parte.

Esta canción me la dedico a mí, porque sé que al Doc le encanta dedicármela.

 

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Frenesí

frenesí.

(Del lat. phrenēsis, y este del gr. tardío φρένησις).
1. m. Delirio furioso.
2. m. Violenta exaltación y perturbación del ánimo.

Muy de casualidad escuché hace poco que existe eso que denominan “Síndrome del nido“. No tenía idea de que ciertos comportamientos maníacos que tuve en mi primer embarazo, y que estoy teniendo también ahora, fueran normales, o cuando menos, habituales.

Parece que nos pasa a muchas.

Lavar la ropa del bebé, tener el bolso listo, la papelería y documentación en regla, el cuarto preparado, la casa impecable, comprar ropa de cama nueva para el cuarto de mamá y papá, hacer todos los trámites, tachar pendientes,.. “Incentivar” a papá para que tache sus propios pendientes.

El del papá es otro tema. Él no tiene los mismos impulsos maníacos que yo (¡por suerte!) así que intentar arrastrarlo a este ritmo frenético es una quimera irrealizable. Pero la cantidad de cosas que él tiene sin encaminar me genera una ansiedad terrible.

¡Uf! Es agotador. La ansiedad ya de por sí cansa, mucho. Si encima la combatimos con un esfuerzo físico adicional, es devastadora. ¡Pero qué linda es esta dosis extra de energías para poder ocuparme de los preparativos!

Desgraciadamente hay muchas cosas que tienen que hacerse sí o sí a su debido momento: la orden de internación no debe tramitarse hasta un mes antes de la fecha probable de parto porque tiene vencimiento; el análisis del estreptococo no tiene sentido con mucha anticipación; la ecografía de semana 38 sólo puede hacerse en la semana 38, la cama nueva sólo puedo vestirla cuando me la entreguen. En fin, una lista innumerable de cuestiones que si por mi fuera dejaría ya resueltos. Porque tengo al fantasía de que este nilño ya puede nacer de un momento a otro y no quiero que me agarre con nada inconcluso.

Ah, y además ahora mi bebé y yo estamos acompañados todo el día: llegaron las famosas contracciones Braxton Hicks.

El cuadro es pintoresco: una loca maníaca poniendo la casa patas para arriba y soportando esporádicamente las contracciones “de prueba”.

Ahora que lo pienso, yo creo que esta conducta debe ser una respuesta natural del organismo para canalizar tanto impulso disparado por la ansiedad.

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Ahora sí la dulce espera

No sé si fue algo puntual. Creo que no. Pero estos días todo comenzó a mejorar.

Físicamente estoy espléndida. Me siento muy bien, livianita (lo juro), sin molestias ni dolores. En el control con el obstetra me fue muy bien, todo está impecable, no hay más presión por tema glucosa, y la cosa marcha bien. Fuera de broma, superada la abstinencia de dulces y carbohidratos, me siento cien mil veces mejor. Ya me propuse intentar un cambio de hábitos más definitivo. La dieta variada y equilibrada me sienta de maravillas.

Los bolsos ya están listos (¿ansiosa yo?), el moisés ya está esperando a mi niño, la nueva habitación de mis pequeños ya está terminada, aunque me falta la decoración. El carrito para el bebé ya está armado, y la sillita del auto ya está lista para ir directo al baúl del auto.

A esto me dediqué este tiempo para alejar los fantasmas, y me dio resultado. Ya no pienso en eso. Pienso en otras cosas.

Pensé por ejemplo que de tanto preservar a Alvarito nunca lo había llevado a visitar a mi obstetra. El miércoles, como él no había hecho nada en todo el día porque por el Día del Maestro no había tenido clases, lo llevamos. Y en la sala de espera se estaba portando tan bien, estaba tan simpático y agradable, que de golpe me di cuenta y se lo dije: “A ver si reconocés a Claudio, que fue quien te ayudó a nacer”. Entró con nosotros a la consulta, siguió portándose bien, y en un momento Marian le dijo: “Esta fue la primera cara que viste en tu vida, y ahora lo va a traer al mundo a tu hermanito”.

¡Cómo no se me ocurrió antes! Ahora quiero llevarlo de nuevo a Los Arcos. Ya fuimos otras veces, pero quiero llevarlo especialmente y recordarle que él nació ahí y que ahí nacerá su hermano. Esto me sugerían hoy otras chicas en la clase de gimnasia. Lo voy a hacer. Me parece una idea preciosa.

Y ahora pienso en otra cosa: en personas. Hay momentos en la vida en que hay un desfile mental de personajes. A mí me pasa en situaciones bisagra. Como esta. Alvarito cumple 2 años el lunes, el mes que viene yo cumplo 38, y más adelante se viene la llegada de mi segundo hijo.

Y los veo a todos. Están ahí. Mamás, papás, abuelos, hermanos, primos, tíos, madrinas, padrinos. Amigos, colegas, compañeros, conocidos. Míos. De Marian. Pasados, presentes y futuros. Cercanos y lejanos. Ellas, ellos. Los buenos. Los malos. Los que se fueron, los que no se quieren ir. Los que aparecen, los que desaparecen. Los presentes, los ausentes. Todos están hoy acá.

Escribo sin editar. Casi casi, un fluir de la conciencia.

Buscaba un cierre, pero como este post no tiene contenido no encuentro cierre. De golpe se me viene a la mente esa escena divertidísima de Luna de Avellaneda, en la que el personaje de Darín le dice al de Eduardo Blanco: “Volvé a chupar, pelotudo”.

Calma, todo está en calma.

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