Apuntes de una rookie mom

Mamá de varones

Hola, pañales

getBookImgDefinitivamente hoy ya no soy yo. Ya lo dije otras veces pero me siguen pasando esta clase de cosas en que no me reconozco.

Alvarito cumplió 3 años, y se supone que el año que viene a la salita de 3 debería entrar sin pañales. Eso sumado a que dos niños con pañales en la casa se hace por momentos un poco denso. Fue por eso que entre la nanny, Marian y yo nos pusimos de acuerdo para probar la despañalización de Alvarito.

Probamos bastante tiempo. Muchas técnicas, adoptamos cada sugerencia que nos dieron, aceptamos todos y cada uno de los comentarios, ideas y críticas. Escuchamos todas las voces. Pusimos en marcha todos los trucos e incentivos. Leímos libros, pedimos consejos, hablamos con otras madres, abuelas, maestras, pediatras. No dejamos nada sin explorar.

Pero no funcionó: Alvarito no está listo. Todavía no está preparado para el adiós a los pañales, así que sin ningún remordimiento dimos marcha atrás y recorrimos de vuelta el camino andado.

No sé si está bien o mal, pero es lo que nos dijo de golpe el corazón. Y la cara de alegría que le vimos cuando volvía de ponerse ropa limpia y un pañal fue impagable. Todavía no está listo, démosle tiempo.

Así que hello, again, queridos pañales.

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Soltar

Crecen a la velocidad del átomo. Te dicen que te prepares, que disfrutes, que no pierdas tiempo en nimiedades, pero te das cuenta que el tiempo igual se te va. Lo que también pasa es que cambia mucho su forma de necesitarnos.

Quiere comer solo, sabe sacarse la ropa, bastante bien logra ponérsela, se sube y se baja solo de la silla y ya es capaz de quedarse un ratito solo mirando tele en la cama de mamá y papá (enhorabuena que necesitaba esta pequeña libertad para asistir mejor a su hermanito). Ya no necesita más la sillita en la bañera, ya le cae bien su hermano, quiere abrazarlo, y ya festeja cuando se despierta.

Elige, hace valer sus preferencias, sabe enojarse y le encanta demostrar su alegría. Es un nene.

La semana pasada, aprovechando que no tenía clases, nos fuimos unos días a Puerto Madryn a ver las ballenas. Nos fuimos los cuatro en familia, y ahora que el tandem funciona bastante mejor el disfrute fue super intenso.

Unos días antes de irnos, mi suegro me dijo casi a modo de confesión que cuando los chicos eran chicos él aprovechaba los viajes largos en auto para sacarles charla y ponerse al día con sus andanzas, gustos e intereses. No lo había visto de este modo hasta ahora, pero descubrí un matiz nuevo de las vacaciones en familia: son oportunidades. Tus hijos van creciendo y estos días todos juntos sirven para ver hacia dónde van. Porque se van.

Son dos nenes.

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Cien veces ‘no puedo’

descargaMe gusta el ritmo de vida que llevo. Me gusta mi trabajo, me gusta ser mamá full time aun trabajando full time, me gusta hacer actividades extra. Me gusta lo que hago. Pero a veces, una vez al año más o menos, siento que mi cuerpo y mi mente me piden que pare la moto.

Entonces me doy cuenta: no puedo. Soy rehén de mi propia vida. No es que sea imprescindible, desde ya. Se puede prescindir de mí. Pero mientras yo esté tengo que ocuparme de todo lo que tengo que ocuparme.

Cada día de mi vida es un cronómetro perfecto que funciona con exactitud suiza, y no me da margen. No es que me queje, porque es lo que elijo, pero siento el conflicto de estar arrastrando a mi familia a un ritmo febril.

Alvarito no para un minuto. Tiene horarios desde que se levanta hasta que se va a dormir, hace cien mil cosas y en los albores de sus tres años tiene una agenda mucho más nutrida que muchos adultos.

Es el tiempo en que vivimos, me digo y me repito. Pero ese único día al año en que quisiera parar, quisiera arrastrarlo también a él a mi parate.

Pero no puedo. Quisiera, pero no puedo.

Esto me conflictúa porque hoy crecí. Crecí de golpe. Me golpeó la realidad con la partida de alguien que estuvo presente en cada etapa de mi vida. Hasta hace cuatro años cada momento trágico y cada etapa de resplandor estuvo y estará para siempre marcada por alguna de sus canciones. Hoy somos toda una generación que le dice adiós para siempre a la infancia y a la adolescencia. A la inmadurez. De golpe me enfrento a mi propia adultez. A la certeza de lo que no vuelve. A lo implacable del tiempo.

Demasiado metafísico es lo que estoy diciendo, pero sentí fuerte el golpe en la nuca.

Poder decir adiós es crecer.

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